
Consultora de comunicación
12 de enero de 2026
Política
El 24 de mayo de 2015, al igual que otros cientos de miles de personas jóvenes de trece comunidades autónomas, voté por primera vez en unas elecciones municipales. Para muchos aquella jornada electoral terminó en la calle; recuerdo ver a gente de mi edad con ganas de celebrar, de compartir la felicidad que sentían en aquel momento con un puñado de gente a la que ni siquiera conocían. Se sentían, sencillamente, parte de un momento crucial. Tenían 18 años y la política había logrado enamorarles hasta las trancas con una promesa de cambio, de revolución.
Fue el año de “las alcaldesas del cambio”, de la formación del “Govern del Botànic”. Fue también el año electoral que ha registrado una participación más alta de población joven hasta la fecha: un 87% de votantes de entre 18 y 24 años acudieron a las urnas en las generales del 20 de diciembre de 2015. Unas elecciones en las que el voto joven fue principalmente para la izquierda: PSOE y Podemos, mientras que Ciudadanos, entonces una fuerza emergente, quedaba tercero en intención de voto.
En aquel momento “ser transgresor” implicaba inclinarse más hacia la izquierda que hacia la derecha. Pero había una cosa todavía más importante: la idea predominante era que para lograr un cambio había que participar políticamente y que, para ello, disponíamos de las instituciones. Si antes lo rebelde era votar a la izquierda; hoy, para una parte de la juventud, lo rebelde parece ser votar a la extrema derecha. No porque sus postulados sean necesariamente nuevos o rupturistas, sino porque se presentan como una forma de protesta frente a un sistema que muchos sienten que ya no les responde. Cuando las instituciones dejan de percibirse como una herramienta útil para transformar la realidad, lo transgresor deja de ser participar para convertirse en dinamitar.
Pero no podemos culpar a la juventud. Y, sobre todo, no podemos exigirle que sea una masa uniforme ni políticamente ejemplar. La diversidad de opiniones es deseable y sana en cualquier democracia, siempre que existan espacios que fomenten el diálogo desde el respeto. Lo verdaderamente preocupante no es que haya jóvenes de derechas sino que el discurso dominante esté desplazándose hacia posiciones abiertamente antidemocráticas: ya no se trata solo de rechazar determinadas políticas, sino de cuestionar las propias instituciones que hacen posible la convivencia democrática. El último barómetro de la Open Society Foundations, realizado en más de treinta países, señala que el 43% de las personas menores de treinta años preferiría vivir bajo otro tipo de régimen, incluso autoritario. No es un dato para alarmar sin más, pero sí para preguntarnos qué estamos haciendo mal como sistema político cuando casi la mitad de una generación duda de la democracia como marco de referencia.
El desencanto no surge de la nada. Como explicaba Estefanía Molina en El País, no estamos ante una juventud ideológicamente convencida, sino ante “una juventud frustrada”. Jóvenes que han crecido encadenando crisis —económica, sanitaria, climática—, que han interiorizado que vivirán peor que sus padres y que sienten que el ascensor social está averiado. Cuando la política no ofrece respuestas claras ni mejoras tangibles, el resentimiento encuentra otros cauces. Y ahí es donde los discursos simplistas, identitarios y excluyentes están logrando penetrar.
En ese escenario, las redes sociales están funcionando como el altavoz perfecto. Ocho de cada diez jóvenes se informan a diario a través de ellas, convirtiendo plataformas como TikTok o Instagram en los nuevos foros ideológicos. Son espacios donde se mezclan el humor, la provocación y, en demasiadas ocasiones, el odio. La extrema derecha ha entendido mejor que nadie los códigos de comunicación de las generaciones más jóvenes: mensajes breves, emocionales, confrontativos y fáciles de compartir. Todo ello genera un caldo de cultivo perfecto para la desafección, el descrédito institucional y la atracción por discursos que prometen soluciones simples a problemas complejos.
TikTok y los trolls de la extrema derecha
Las redes no explican el desencanto, pero sí explican quién está sabiendo capitalizarlo. Según la primera encuesta del año de 40dB, Vox lidera la intención de voto entre los más jóvenes (hasta 24 años), con un 22,6%. El partido de Santiago Abascal lleva años trabajando su presencia digital con una lógica clara: ocupar los espacios donde está la juventud, dominar sus códigos y presentarse como la opción antisistema dentro del propio sistema. TikTok es solo la última estación de un recorrido que combina confrontación cultural, mensajes identitarios y una narrativa de agravio permanente. En ese contexto, han proliferado también perfiles no vinculados directamente al partido y que difunden mensajes alineados con su discurso desde una estética cotidiana y aparentemente apolítica. No son el corazón de la estrategia, pero sí un síntoma de hasta qué punto la extrema derecha ha entendido que hoy la batalla política también se libra en el terreno emocional, visual y algorítmico.
Lo que sorprende no es solo la existencia de este tipo de contenidos, sino lo sofisticado y enmarañado del dispositivo. Un ejemplo reciente lo revela una investigación de Maldita.es, que detectó perfiles en TikTok que utilizan imágenes de mujeres creadas o alteradas con inteligencia artificial para difundir mensajes alineados con el discurso de Vox. A través de vídeos breves y aparentemente cotidianos, estos perfiles presentan opiniones políticas como si fueran espontáneas y personales, reforzando ideas conservadoras desde una estética cercana y emocional. No son personas reales, pero sí cumplen una función clara: normalizar determinados marcos ideológicos y generar identificación en espacios donde la política se consume sin filtros ni contexto.
¿Es suficiente con “estar” en TikTok?
En ese mismo terreno digital, otros actores políticos han querido no quedarse atrás, aunque con aproximaciones diferentes. La Moncloa abrió este verano su propia cuenta de TikTok con la intención de mostrarse más cercana y accesible para un público joven que ya no se informa solo por los canales tradicionales. Detrás de esta apuesta hay un equipo de comunicación con perfiles jóvenes y experiencia en lenguaje digital, que ha optado por un tono cotidiano y visual: vídeos breves, escenas del día a día institucional y un Pedro Sánchez que aparece recomendando libros, canciones o compartiendo rutinas. El Partido Popular, por su parte, también ha comenzado a explorar este terreno.
La pregunta es inevitable: ¿es suficiente? Estar en TikTok no garantiza comunicar bien. El riesgo es caer en la infantilización del votante joven, en pensar que basta con adaptar el formato sin revisar el contenido. No se trata solo de dónde se habla, sino de qué se dice y cómo. Hablar a la gente joven no puede significar hacerlo desde el paternalismo, sino desde la comprensión real de sus problemas: trabajo precario, acceso imposible a la vivienda, emergencia climática, incertidumbre vital. Pero, sobre todo, implica un cambio de enfoque más profundo: no basta con encontrar el lenguaje adecuado para dirigirse a la población joven; es imprescindible hablar con ella. Escuchar, incorporar sus demandas y asumir que no son un público pasivo, sino actores políticos con criterio propio.
Y aquí es donde vuelve la esperanza. Porque, pese al ruido, pese a los discursos reaccionarios y pese al desencanto, la juventud sigue buscando sentido, justicia y futuro. No está perdida; está decepcionada. Y la diferencia es clave. Si la política es capaz de reconstruir vínculos, de ofrecer horizontes creíbles y de tomarse en serio a una generación cansada de promesas incumplidas, el relato puede cambiar. En 2015, muchas personas jóvenes acudimos a las urnas convencidas de que la política podía cambiar nuestras vidas y de que las instituciones eran una herramienta para hacerlo posible. Si entonces la política supo enamorar prometiendo cambio, ahora le toca demostrarlo reconstruyendo vínculos y tomándose en serio a una generación cansada de promesas incumplidas. Una década después, la pregunta no es si la juventud volverá a creer, sino si la política estará a la altura cuando lo haga.