Un país unido durante noventa minutos

Antonino Muñoz Ruiz
Consultor de gobierno abierto

23 de julio de 2026
Institucional

Hay pocas imágenes capaces de reunir en un mismo espacio a personas de edades, ideas y formas de entender España tan diferentes como una plaza llena para ver jugar a la selección española de fútbol. Estos últimos días han sido, una vez más, un claro ejemplo de cómo un deporte es capaz de unir a todo un país.

Alrededor de estos partidos aparecen aficionados habituales, personas que no ven fútbol durante el resto del año, grupos de amigos, familias y vecinos que simplemente quieren formar parte del ambiente. El fútbol importa, pero no lo explica todo. También existe una necesidad de compartir, de pertenecer a algo y de vivir colectivamente un momento que se percibe como especial.

Seamos realistas: la selección no elimina las diferencias ni convierte a una sociedad polarizada en una sociedad cohesionada, pero sí genera una tregua. Durante unas horas, personas que en cualquier otro contexto nunca se pondrían de acuerdo tienen un mismo objetivo, un mismo deseo. Y por ello comparten símbolos, emociones y espacios sin preguntarse previamente ‘¿a qué partido votas?’.

Incluso la bandera, el himno o la camiseta adquieren un significado diferente; fuera del deporte pueden estar asociados a posiciones políticas concretas o generar incomodidad en una parte de la sociedad y, sin embargo, durante un torneo se transforman en símbolos de celebración, orgullo y pertenencia.

No es una unión política; precisamente por eso funciona.

Celebrar un gol no obliga a negociar, ceder ni ponerse de acuerdo sobre cómo debe gestionarse un país. Solo requiere compartir una emoción. Quizá por eso los éxitos deportivos producen consensos que resultan mucho más difíciles de alcanzar alrededor de los avances económicos, sociales, científicos o institucionales.

Estos momentos también representan una oportunidad para la comunicación pública.

Cuando un ayuntamiento instala una pantalla gigante no solo ofrece la posibilidad de ver un partido. Está creando un espacio de encuentro, dinamizando una plaza y facilitando una experiencia colectiva. En muchos municipios, junto con las fiestas, estos acontecimientos son de las pocas ocasiones en las que coinciden vecinos con perfiles muy diferentes.

Bien planteada, una pantalla gigante puede ser una actuación sencilla y eficaz para reforzar los vínculos entre las personas. A pesar de que no necesariamente genera identidad municipal por sí sola, sí contribuye a crear sentimiento de pertenencia a algo mayor.

Lo mismo ocurre con las habituales recepciones a deportistas nacidos o formados en una localidad: reconocer su trayectoria permite compartir el éxito y ofrecer referentes cercanos, especialmente a los más jóvenes.

Por tanto, la clave no está en que las instituciones deban mantenerse al margen de los triunfos del país, sino en comprender cuál es su papel: acompañar no es apropiarse, comunicar no significa situarse en el centro. En estos actos, los protagonistas deben ser los deportistas, sus familias, los clubes y la ciudadanía. La forma de aportar valor debe ser facilitar el encuentro, reconocer el esfuerzo y simplemente encarrilar una emoción que ya existe. Y es clave que las administraciones públicas así lo entiendan: a veces, ceder el centro de la fotografía también es una forma de liderazgo.

Porque la comunicación institucional funciona mejor cuando se integra con naturalidad en el éxito deportivo. Una fotografía acertada, un mensaje reconocible y una presencia acorde pueden transmitir cercanía y orgullo compartido. En cambio, cuando la marca política ocupa demasiado espacio, la celebración pierde autenticidad y puede percibirse como oportunismo.

Así, estos acontecimientos ofrecen varias enseñanzas para la comunicación local.

La primera es que no todo debe construirse desde cero. En ocasiones, la sociedad ya ha creado un contexto, un sentimiento y un punto de encuentro. La institución puede sumarse, facilitarlo y darle una dimensión local sin necesidad de forzar un relato propio.

La segunda es que la ciudadanía percibe con facilidad quién está ocupando el protagonismo. Cuanto mayor sea la emoción colectiva, menos necesario resulta explicar la presencia institucional. El perfil bajo suele comunicar mejor que la insistencia.

La tercera es la importancia de la coherencia. El homenaje a un deportista tiene más credibilidad cuando forma parte de un compromiso continuado con los clubes, las instalaciones y el deporte de base. La pantalla gigante se entiende mejor como servicio público cuando está pensada para que la ciudadanía disfrute y no únicamente para generar contenido.

Y la última es que estos momentos no deberían analizarse sólo por su repercusión inmediata. Una plaza llena demuestra que las personas todavía quieren reunirse, compartir experiencias y sentirse parte de un grupo. Esa conclusión puede ser útil mucho más allá del deporte.

La pantalla se apagará y las multitudes se dispersaran, pero durante unas horas habrá quedado muy claro que todavía existen espacios en los que las diferencias pueden convivir sin necesidad de desaparecer. Es esa riqueza de la diversidad la que se debe fomentar para el futuro de la localidad.