
Consultora de comunicación
21 de enero de 2026
Política
Existe en política una paradoja (una de tantas, en realidad) que considero que, en los últimos años, se ha convertido en la columna vertebral de la conversación política. Me atrevería a decir que tanto a nivel nacional como internacional. Y es que cuanto más importa un tema a la sociedad (vivienda, desigualdad, migraciones, políticas públicas, seguridad…) más fácil parece simplificarlo. Hasta, incluso, deformarlo de tal forma que acaba convirtiéndose en arma arrojadiza contra el contrincante político.
El insulto, el ruido y el barro en la conversación política no ocurren por casualidad; no son el resultado accidental del diálogo, de la confrontación de ideas o del debate público. Son, en cambio, técnicas de atención: retienen al ciudadano, ponen el foco en determinados temas y, por desgracia, sustituyen a otros más importantes.
Y recordemos que, hoy por hoy, nos movemos en un entorno mediático y digital, en el que premian estas técnicas de atención, con mensajes cortos, inmediatos y llamativos. Por tanto, el insulto no sólo está instalado en la conversación política: la está retorciendo y reconfigurando.
Podríamos decir que esta “dialéctica del exabrupto” en política opera de una forma similar a unas piezas de dominó: el insulto genera la reacción del oponente; esta reacción “legitima” el insulto y lo asciende a “tema”, y finalmente el tema (que ya se ha viralizado) reorganiza la conversación. El resultado: el insulto ha marcado la agenda. Game over.
Y lo que es aún más grave: algunos partidos políticos (en nuestro país tenemos el claro ejemplo de Vox, pero a nivel internacional tenemos a políticos como Milei o Trump) están convirtiendo este tono agresivo y, en muchos casos, violento, en una forma de hacer política y en un rasgo identitario: el “hablar claro” es una carta blanca para insultar, agredir verbalmente al contrincante (que pasa a ser enemigo) y generar sentimiento de pertenencia, sobre todo en los más jóvenes (que son más sensibles a este tipo de mensajes y se desenvuelven en las plataformas en las que el insulto campa a sus anchas). No hay intercambio de razones ni exposición de opiniones. El debate político se vacía de contenido y se llena de gestos exagerados.
¿Cuántas veces hemos escuchado en la televisión o en la radio que, en el Congreso de los Diputados, “la jornada ha estado marcada por la bronca”? Demasiadas. Porque este bucle perverso no se queda sólo en las redes sociales; vive también en la Carrera de San Jerónimo, en los parlamentos autonómicos y en los plenos de los ayuntamientos.
Un insulto en una sede parlamentaria es un titular con miles de clicks, un corte que se vuelve viral y un meme que se comparte. Y el insulto vuelve al parlamento como un boomerang, porque ha funcionado en el mundo digital. Y se repite una y otra vez. Y el debate real, el que impulsa y propone activamente políticas que mejoran la vida de la ciudadanía, queda en un segundo plano.
Y esto es lo más importante de este fenómeno (y lo que debería ocuparnos y preocuparnos): colocar el exabrupto en el centro de la agenda política desplaza otros asuntos que verdaderamente requieren de la atención de los entes públicos (a todos los niveles). Por ejemplo, explicar un programa de Vivienda de un Gobierno autonómico requiere de un contexto, de un desarrollo, de supuestos y de detalles; en cambio, un insulto apenas dura 5 segundos en un reel. Y esto es decisivo cuando la transmisión de un mensaje político depende de cortes de vídeo que, en total, deberían durar menos de un minuto.
¿Cómo paramos esta bola de nieve?
El insulto no triunfa porque los políticos o políticas sean “peores”, estén peor cualificados o la ciudadanía “disfrute” de ese ruido. Triunfa porque el ecosistema mediático y digital premia estas “salidas de tono”. Siempre habrá conflicto o discusión en el debate político; es parte de su ADN. Pero lo que quienes participan de la política deben evitar es que este debate se organice alrededor de los exabruptos. Porque los problemas o retos futuros seguirán ahí; pero sin conversación, se enquistan. El barro entorpece, por tanto, el progreso. No hay avance.
Y esto es una oportunidad a nivel comunicativo: debemos trabajar para volver a traer al centro lo importante y conseguir que sea interesante. Que los retos a los que nos enfrentamos como sociedad sean los protagonistas. Y defenderlos con firmeza y convicción. Con argumentos. Sin ruido. Sin deshumanizar al contrincante. La Democracia bien lo merece.