De la moviola al editor de Tik Tok

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Luis Costa
Fotógrafo y videógrafo

4 de diciembre de 2023
Institucional

Decía Thelma Schoonmaker: “Creo que es difícil para la gente entender la edición. Es absolutamente como una escultura. Obtienes un gran trozo de arcilla y tienes que darle forma, como el metraje en bruto.” Y lo que dice Thelma, una de las grandes editoras de la historia del cine, va a misa. Schoonmaker ha trabajado mano a mano con Martin Scorsesse en una retahíla de obras maestras (Casino, Uno de los nuestros, Toro Salvaje y un largo etcétera). Por tanto, si algo podemos aprender de ella, es la suma importancia del montaje a la hora de contar una historia. Y es que la argelina hace magia. Consigue crear fricción en cada corte. La relación que se crea entre un plano y el consecutivo es prácticamente un choque de trenes. Y lo hace dotando a las películas de un ritmo endiabladamente magnético. Pura artesanía.

En el audiovisual, el montaje es el proceso por el cual se unen y reordenan los distintos fragmentos de vídeo (de película, en un origen) para conformar secuencias con una entidad narrativa propia. Como premisa, nos sirve. Pero estamos en plena era de los bailecitos y los filtros, y la cosa ha cambiado.

Lo que antes solo era accesible a la industria del cine se ha democratizado. Décadas más tarde de los arcaicos trucajes de Méliès, aparecieron las moviolas caseras y el montaje se hizo accesible a todo el mundo. Luego llegaron las cámaras de vídeo caseras y, en un abrir y cerrar de ojos, todos tenemos un móvil en la mano. Y todo se graba, todo se edita y todo se publica.

La cantidad de horas y horas de vídeo (en cualquiera de sus formatos) que se publica a día de hoy nos ponen delante de un panorama en el que, sin duda, han cambiado las reglas del juego. No ha habido simplemente un cambio de paradigma, más bien es que el tronco se ha ramificado. Hoy en día el abanico es tan amplio que en tu casa puedes editar la película ganadora del Oscar (esta es la línea de tiempo de Premiere de Todo a la vez en todas partes), convertirte en un youtuber de éxito o petarlo en Tik tok con un meme cualquiera. Los tres casos son montaje y los tres casos están en plena vigencia.

Lo más importante a tener en cuenta como editor (como comunicador, en definitiva) es saber a quién te estás dirigiendo y dónde lo estás haciendo. Adecuación ante todo. Los códigos que son aceptados en un medio, chirrían en otro. El apartado de reels de Instagram, por ejemplo, está plagado de vídeos con subtítulos generados automáticamente, con faltas ortográficas o justificaciones de texto que harían sangrar los ojos de un diseñador. Pero entra dentro de sus códigos. No pasa nada. Nadie dice nada.

Aun así, se debe reparar en las líneas rojas. Si pretendemos comunicar un mensaje efectiva y eficientemente, no podemos rebasar ciertos límites. Un mal audio, una mala imagen o una mala rotulación pueden llegar a, no solo arruinar nuestro vídeo, sino a hacerlo completamente contraproducente. Simplemente prestando atención al apartado técnico de nuestro contenido, obtenemos una mejora significativa de su calidad, y con ello, de su éxito. Aunque sea un “simple” Tik tok.

Al otro lado del abanico está el montaje “a la vieja usanza”, el que busca cortar en el frame exacto para provocar una carcajada, una lágrima o un sobresalto. El que requiere de un dominio de la técnica y un conocimiento profundo del lenguaje audiovisual y sus herramientas. El de los puristas que se vuelven locos con Kubrick haciendo una rima entre un hueso y un transbordador espacial.

Y luego, están los que cogen lo mejor de los dos mundos. Gente como Kevin Parry son verdaderos ejemplos de que, entendiendo el sinfín de posibilidades que nos ofrecen las herramientas, podemos crear un contenido verdaderamente sorprendente, cautivador y diferenciado. Al final, de eso se trata. El caso de Kevin es particular, ya que, desde el lenguaje del Tik Tok, con sus convenciones y sus códigos, crea verdaderas virguerías audiovisuales basadas en el ingenio y el uso maestro de After Effects o Premiere. Muchos son los canales (incluído el suyo en Youtube) que se dedican a tratar de desgranar cómo habrá hecho este trucaje o el otro.

En definitiva, aquí no se trata de convertirse en la nueva Thelma Schoonmaker. Tampoco de usar de manera poco profesional el editor del móvil como los chavales del parque. Lo que queremos como editores es aprender qué podemos hacer con lo que tenemos para comunicar de la mejor manera posible. En ocasiones buscaremos una edición cuidada, elegante y milimétricamente construida; y en otras, acercarnos al público con un contenido “más casero”, más “en crudo”. Y de ahí la importancia del ojo experto que sepa adaptarse para buscar el punto exacto entre la moviola y el editor de Tik Tok.