
Consultora de Comunicación
10 de junio de 2026
LaBase
Hubo un tiempo en el que internet era un lugar al que se entraba. Llegabas a casa, encendías el ordenador, esperabas a que cargara todo y te conectadas ‘’un ratito’’ a Tuenti o a Messenger. Había estados, zumbidos, fotos con nombres de álbum imposibles, comentarios que parecían conversaciones enteras y una sensación de estar inaugurando algo sin saber muy bien el qué. Después, casi sin darnos cuenta, dejamos de conectarnos a Internet para vivir dentro de él.
La generación que hoy llega (o llegamos) a los 30 ha crecido en esa transición. No nació con TikTok, pero tampoco puede entender su vida adulta sin el scroll. Ha pasado de una adolescencia medio analógica, a una adultez hiperconectada, atravesada por la inmediatez, la exposición constante y la necesidad de estar disponible casi todo el tiempo.
No somos del todo nativos digitales, pero tampoco somos meros espectadores; somos lo que podríamos llamar generación bisagra. La que recuerda cuando subir una foto era casi un acontecimiento, pero hoy trabaja, se informa, protesta, compra, opina, se compara, se entretiene, construye identidad y hasta busca pareja a través de las pantallas. La que ha visto cómo internet ha pasado de ser un espacio de descubrimiento a convertirse en una infraestructura emocional, laboral, política y social. Ahora esa generación cumple 30 (los estamos cumpliendo).
Cumplir 30 sin la adultez prometida
Cumplir 30 años siempre ha tenido algo de ‘frontera simbólica’. Durante mucho tiempo, ese número parecía venir acompañada de una serie de realidades o certezas: una casa, un trabajo (más o menos estable), una idea de futuro… en resumen, una vida adulta reconocible. Pero para algunas personas de mi generación, ese imaginario idealizado ya no encaja del todo. Llegamos a los 30 sin sentirnos completamente jóvenes, pero tampoco del todo dentro de esa adultez que nos habían prometido.
Estamos en medio: entre la nostalgia de lo que parecía más sencillo y la conciencia de que casi nada lo era tanto. Entre las ganas de construir y el cansancio de hacerlo en un contexto cada vez más exigente. Entre el deseo de estabilidad y la realidad de un presente que muchas veces se vive en piloto automático.
La realidad es que el trabajo ya no garantiza necesariamente un proyecto de vida. La vivienda se ha convertido en una conversación permanente con amigos y familia, la salud mental ha dejado de ser un tema tabú para convertirse en un síntoma colectivo y el futuro, más que una promesa, parece a veces una negociación diaria. Y mientras, todo esto se comparte, se compara, se convierte en contenido… y todo en directo a través de las redes sociales. Y por supuesto, la política no queda fuera de esta experiencia. Al contrario, aparece en el mismo lugar donde aparece casi todo lo demás: en el feed.
La política también compite en el feed
Para quienes crecimos con Tuenti y hoy estamos en TikTok, la política ya no se escribe únicamente a través de un mítin, una rueda de prensa o un informativo. La política convive con memes, vídeos de humor, stories de cumpleaños, recetas saludables, anuncios, creadores de contenido, debates exprés, hilos eternos, trends, campañas institucionales y fragmentos descontextualizados de una intervención parlamentaria. Todo compite por la misma métrica: retenernos un segundo más antes de que suba la tasa de abandono y el dedo deslice hacia otra cosa.
Ahí está una de las grandes transformaciones de la comunicación pública actual. Los mensajes institucionales ya no llegan envueltos de una solemnidad propia, separados del resto de estímulos. Llegan mezclados con todo lo demás: un vídeo de un ayuntamiento explicando las obras de una calle, una campaña sobre reciclaje en formato reel, un presidente anunciando una medida en formato vertical, un partido respondiendo a otro con un corte pensado para TikTok o una institución intentando explicar una ayuda pública con un carrusel de Instagram. Eso no significa que la política tenga que convertirse en entretenimiento, sino que debe entender el entorno en el que está comunicando.
Durante los últimos años, muchas instituciones han confundido la adaptación digital con imitación estética. Han entendido que estar en redes era hablar el idioma de las redes, y que hablar el idioma de las redes era usar música en tendencia, subtítulos grandes, cortes rápidos, memes o un tono más informal. Pero una generación como la nuestra que lleva media vida viendo cómo internet evoluciona, detecta rápido cuando algo es natural y cuando algo es una coreografía forzada. No necesitamos que las instituciones hablen como TikTok: necesitamos que entiendan qué hay detrás de nuestra forma de mirar TikTok.
No es apatía, es saturación
Detrás del famoso scroll no hay solo distracción: hay saturación. El scroll es una manera de procesar el mundo a través de impactos breves, relatos fragmentados y estímulos constantes. Hay una generación de treintañeros que ha aprendido a informarse entre capas de contenido, pero también a desconfiar de casi todo lo que se le presenta como verdad absoluta y cerrada. Hay personas que no necesariamente han dejado de interesarse por lo público, pero sí han dejado de creer en los mensajes que aparecen escritos desde un lugar, a veces, demasiado lejos de su vida real.
Quizás el problema no es que esta generación sea apática, es que está agotada. Cansada de promesas abstractas, de diagnósticos que no aterrizan, de campañas que hablan de futuro sin resolver el presente, de líderes que intentan parecer cercanos sin realmente escuchar o de instituciones que piden confianza sin haber explicado antes por qué merecen recuperarla.
La generación que cumple 30 en la era del scroll no necesita mucho más ruido ni tampoco que la política se disfrace de contenido joven. Necesita algo mucho más complicado: que la comunicación pública sea capaz de leer entre líneas (o sin ellas) su cansancio sin despreciarlo, su desconfianza sin minimizarla y sus contradicciones sin convertirlas en un problema de segmentación. Porque esta generación comparte una experiencia de época: ha crecido entre crisis económicas, precariedad, pandemia, inflación, dificultad para independizarse, polarización y un síndrome del impostor constante. Esta generación ha aprendido a vivir bromeando de su propio desgaste y a seguir construyendo incluso cuando el suelo parece moverse.
Hablar menos como tendencia y más como respuesta
Por todo eso, comunicar con esta generación exige algo más que presencia digital: exigen relevancia. Y relevancia no es publicar más… es entender mejor. No es sumarse a todos los formatos y trends, sino saber qué merece ser dicho, desde dónde y con qué objetivo. Y mucho menos es convertir cada institución en una marca con complejo de creador de contenido, sino hacer que lo público vuelva a sentirse útil, cercano y reconocible.
La comunicación institucional tiene ante esta generación un reto enorme: dejar de hablarle como si fuera eternamente joven y empezar a reconocerla como una ciudadanía -casi- adulta, aunque esta adultez no se parezca a lo que les habían prometido. Una ciudadanía que quiere respuestas concretas sobre vivienda, empleo, salud mental, conciliación, barrio… y futuro. La misma ciudadanía que puede desconfiar, pero que no necesariamente ha dejado de creer.
En lugar de preguntarse cómo sonar más joven, quizás las instituciones deberían preguntarse cómo sonar más reales y auténticos. En lugar de perseguir el último código del algoritmo, deberían entender qué frustraciones, qué emociones y qué expectativas están detrás de ese comportamiento digital. Porque quienes hemos pasado de conectarnos ‘’un ratito’’ a vivir hiperconectados sabemos que no todo lo que vemos en la pantalla conecta, no todo el contenido comunica ni toda la cercanía es auténtica.
Cumplir 30 en la era del scroll es mirar atrás y recordar un internet más lento e ingenuo pero también entender que la comunicación ya no puede (ni debe) pensarse como antes. Y tanto la política como las instituciones deberían saber que ya no hablan a públicos pasivos, sino a personas que interpretan códigos, detecan imposturas y reclaman coherencia.
A veces, como canta Paula Mattheus, apetece ‘’suspender adulto’’ y hacer una pausa. Pero incluso desde ese cansancio, esta generación sigue mirando hacia adelante: tampoco espera grandes relatos políticos, sino señales concretas (por pocas que sean) de que todavía merece la pena construir algo en común. Quizás esa sea la clave para comunicar con quienes hoy cumplen 30 en la era del scroll: no pedirles que crean y confíen por costumbre, sino darles los motivos suficientes para volver a hacerlo.